HISTORIA MUNDIAL I.

EL IMPERIO BRITÁNICO EN EL SIGLO XIX
La capital británica experimentaba de 1860 a 1880 un cambio profundo. La época victoriana iniciaba su tercer y último periodo. El principe consorte falleció en diciembre del año 1861, a los cuarenta y dos años de edad, en lo sucesivo Victoria fue «la viuda de Windsor».
Lord Palmerston, el antiguo enemigo de Victoria, murió en 1865, llorado por todo el pueblo; solamente la reina tuvo palabras duras con relación a él y declaró, en una carta, que nunca pudo sentir hacia el gran político la menor estimación. Lord Palmerston, al morir, desempeñaba el cargo de primer ministro; Russell le sucedió en la Jefatura del gobierno, y, de acuerdo con Gladstone, presentó el proyecto de una nueva reforma parlamentaria, cuyo fracaso originó la dimisión del go¬bierno en pleno. Acto seguido, en Inglaterra se produjo un acon¬tecimiento sensacional: un gobierno conservador —Derby, primer ministro, y Disraeli, en Hacienda— decidió combatir a los liberales con sus propias armas y presentó un nuevo proyecto de reforma electoral, que fue aceptado en 1867 después de un debate tumultuoso y que proporcionó a Disraeli el mayor triunfo desde el comienzo de su carrera. La nueva ley electoral concedía el derecho de voto a todos los obreros, residentes en una ciudad, que poseyeran domicilio fijo y un mínimo de equipo casero, así como a los artesanos y demás miembros de las clases medias rurales. El número de beneficiarios llegaba al millón, y la medida representaba una verdadera conmoción en la sociedad política inglesa. Derby calificó la reforma de «salto a lo desconocido»; sin embargo, muy pronto se comprobarían los resultados de este desconocido progreso. Al año siguiente, los liberales obtenían una gran vic¬toria electoral, que llevaba a Gladstone al poder; éste formó su primer gobierno y emprendió una campaña de reformas en la administración civil, en la Iglesia, en el ejército y en el orden judicial. El nombre de Gladstone permanecería definitivamente unido a todas estas reformas.
La reforma electoral de 1867 tuvo otra consecuencia inesperada: el súbito interés de Gran Bretaña por sus colonias. Gobernantes, gentes acaudaladas, industriales y grandes negociantes, se habían interesado muy poco hasta entonces por las posesiones inglesas de ultramar, a excepción quizá de la India. Las colonias, a su parecer, no constituían más que una onerosa carga, y el pueblo no había olvidado las humi-Ilaciones de la guerra de la independencia americana; además, las colonias costaban muy caras.
En la novela David Copperfield de Carlos Dickens, publicada en 1850, el incorregible Mr. Micawber decide marcharse a Australia para iniciar una vida nueva, lejos de sus acreedores y de otros molestos individuos. La decisión del optimista Micawber no era habitual en aquel entonces; sin embargo, empezaron algunos a imitar al héroe de Dickens y las clases llamadas inferiores descubrieron al fin que las colonias podían representar una fuente de beneficios no explotada todavía.
En 1867, cuando la reforma electoral ofreció nuevas oportu¬nidades e influencia, el imperio representó súbitamente un papel en la vida pública, y las colonias atrajeron a las gentes modestas sin demasiado porvenir en la metrópoli, ya que la aventura exótica era preferible a la vida apagada en los tristes y misera¬bles suburbios de las grandes ciudades. El historiador John Robert Seeley, profesor de Cambridge, analizó este estado de ánimo en una obra publicada en 1883, la expansión de Ingla-terra, en la que afirma que la Gran Bretaña estaba predestinada a reinar en vastos territorios y en todos los continentes y que el país quedaría sumido en la peor decadencia si no emprendía esta misión. Kipling expresaría similares opiniones en verso y en prosa, y antes que él, un gran político, Benjamín Disraeli, había ya inscrito el imperialismo en su programa.
Disraeli pronunció, en 1872, un importante discurso en el que abordó los problemas coloniales. Desde la aparición y difusión del liberalismo en Inglaterra. Cuarenta años antes, determinados medios sociales no cesaron de combatir la expansión del imperio británico, y trataron de lograr sus propósitos con el apoyo de políticos de primer orden y los escritores de más talento. Tra¬taban de demostrar, con precisión matemática, lo caras y onero¬sas que resultaban las colonias a la metrópoli y procuraron, incluso con obstinación, que Inglaterra rechazara esta carga. Según el criterio, ningún ministro cumple con su deber, en este país, si abandona la menor ocasión de estructurar nuestro imperio colonial a la mayor escala posible, y de corresponder con gratitud a la simpatía de lejanas comarcas que pueden ofrecer al país una fuente inagotable de poderío y de felicidad.»
Disraeli fue nombrado primer ministro en 1874 y, apenas empezó a residir en Downing Street, se dispuso a poner en prác¬tica este programa, para laborar en favor de los intereses y el honor de la Gran Bretaña, según sus propios términos. Disraeli comprendió que toda nueva época histórica presentaba nuevas exigencias, como también nuevas amenazas; preveía todas las complicaciones futuras de esta política de poderío, consecuencia de la industrialización que empezaba a florecer en Europa bajo la dirección de Alemania. La paz ya no significaba nada por sí misma y no era ya otra cosa que una preparación para la guerra, y si la Gran Bretaña quería seguir permaneciendo dueña de la situación política mundial y dominar los nuevos problemas que se irían presentando, debía buscar un apoyo en sus posesiones de ultramar. Y todavía otra razón convertía las colonias en un valor esencial en la política inglesa: más que en cualquier otro momento, las importaciones de materias primas eran indispensa¬bles para el país. Hacia 1870, la agricultura padeció una crisis muy grave, cuyas consecuencias se harían sentir durante dece¬nas de años. Inglaterra tenía que importar víveres, y la única manera de mantener su Independencia frente al extranjero era importándolas de las colonias: trigo del Canadá, ganado lanar de Australia, y hortalizas y frutas de África del Sur. Las colo¬nias se convirtieron de este modo en el centro vital de todos los intereses británicos.
La metrópoli se ocupó del Canadá en primer lugar; en 1840, un comunicado de lord Durham inició el camino para unas nuevas relaciones, no sólo en el Canadá, sino con el resto del imperio. El comunicado recomendaba la fusión administrativa de las pro¬vincias canadienses de lengua francesa e inglesa, y acto seguido, la concesión de amplia autonomía para el nuevo Canadá unido, con Parlamento y gobierno propios; en cuanto al gobernador general británico y sus superiores de Londres, se ocuparían lo menos posible de la administración. Estos principios fueron apro¬bados y Canadá inició su marcha hacia un nuevo futuro político. A partir de 1867, el país se transformó en dominio, es decir, en estado independiente en el seno del Imperio británico.
Las provincias australianas más importantes, Nueva Gales del Sur, Australia occidental y la Isla de Tasmania habían sido durante mucho tiempo, incluso después de 1880, lugares de depor¬tación para los condenados de derecho común. Inglaterra en¬viaba a Australia a sus elementos indeseables; en una palabra, Australia era una especie de Siberia británica, y se comprende fácilmente el desprecio de los metropolitanos hacia la lejana colonia. De pronto la situación cambió: uno de los penados des¬cubrió oro y Australia fue considerada en lo sucesivo un país mucho más respetable; se encontraron luego otros yacimientos y sobrevino entonces la avalancha, por la fiebre del oro. El número de emigrantes aumentó bruscamente desde el año de 1850 al 1860. Pasados los primeros momentos de codicia, la situa¬ción se fue normalizando y se percataron de que aquel aluvión humano en busca de oro había sentado al propio tiempo los jalo¬nes de una vida más feliz en el país y creado de hecho la fortuna de sus habitantes. Estos se dedicaron en lo sucesivo a la cría intensiva del ganado, principalmente ovino; el trabajo era duro, ciertamente, pero sin cesar de circular entre el elemento obrero el rumor de que Australia ofrecía un porvenir prometedor, lo que se demostró cumplidamente, Así, cuando las colonias aus¬tralianas reclamaron la autonomía, siguiendo el ejemplo del Ca¬nadá, el gobierno de Londres no puso ninguna dificultad: Nueva Gales del Sur, Victoria, Australia meridional y Tasmania ob¬tuvieron hacia 1850 sus parlamentos y gobiernos propios. Sin embargo, fue necesario esperar hasta 1900 para que se llevara a cabo la fusión de las diferentes colonias australianas en la lla¬mada Commonwealth of Australia, que abrió la ruta y dio el ejemplo de una nueva creación política, la Comunidad británica de la (British Commonwealth of Nations> que integraba, bajo la corona de la Gran Bretaña, una serie de estados libres situados en diferentes partes del mundo.
Rudyard Kipling consideraba el África del Sur como uno de los más hermosos e importantes territorios del imperio británico. Hacia comienzos del siglo xx, residió mucho tiempo en El Cabo, en una casa que le prestó su amigo Cecil Rhodes y que apro¬vechó Kipling en sus vacaciones para describir los maravillosos paisajes en torno a la ciudad de El Cabo.
En cambio, sus compatriotas se interesaban por regiones menos poéticas e idílicas, los territorios áridos del interior, re¬bosantes de oro y diamantes. Hacia el año 1870 y siguientes, una multitud de aventureros abandonó El Cabo y se dirigió a Kinberley, en busca de una fortuna rápida y fabulosa, entre ellos el joven Cecil Rhodes, buscador de diamantes que soñaba con tesoros que esperaba descubrir, y con un gran estado sud¬africano que pensaba fundar después. De hecho, los británicos ya habían tomado contacto con el país durante los últimos años del siglo XVIII, a principios de la Revolución francesa y a peti¬ción de los propios holandeses que allí residían. En virtud de la paz de 1815, los nuevos colonos se quedaron en aquellas tierras y las relaciones empezaron a ser difíciles con los otros blancos establecidos junto a ellos, los boers holandeses. En 1833, los ingleses abolieron la esclavitud en África del Sur, lo mismo que en el resto del imperio y los boers acogieron esta medida con el mayor descontento. Decidieron seguir su suerte por cuenta propia e iniciaron en 1835 la gran emigración en primitivos ca¬rromatos. Los boers fundaron luego sus propios estados en los desiertos del noroeste de la colonia del Cabo; en Natal, el es¬tado libre de Orange y Transvaal, pero los británicos siguie¬ron a su vez esta expansión territorial con gran interés, y se anexionaron Natal en 1840. Con posterioridad a 1850, se conce¬dió la autonomía a la colonia del Cabo; aproximadamente unos veinte años más tarde se encontró oro y diamantes y Africa del Sur adquirió suma importancia en lo sucesivo.
El joven Cecil Rhodes soñaba con la grandeza de Inglaterra. Pero entre 1870 y 1890, en los enormes territorios que él quería someter, la situación parecía poco alentadora para el futuro del poder colonizador, Los británicos se percataron, sobre todo en estas regiones, de lo que vino a llamarse «la carga del hombre blanco». Al sureste del Transvaal se extendía un imperio negro, «el gran reino de los zulúes —como decía el gobernador del Cabo— con un ejército de 40 000 hombres bien equipado y organizado», país donde reinaba el legendario Cetewayo, quien no gozaba de muchas simpatías entre los boers.
Todo parecía indicar una inminente invasión del Transvaal por los zulúes. Los ingleses entonces tomaron la delantera, ocu¬paron el territorio y trataron muy mal a Cetewayo. El primer ministro de Su Majestad, que era entonces Disraeli, se opuso a la guerra con los zulúes, abso¬lutamente inútil en su opinión. Disraeli dimitió en 1880, para no volver jamás a ocupar el poder, y su dimisión enfrentó a su sucesor, Gladstone, con los problemas sudafricanos; por su parte, William Gladstone no quería en modo alguno tomar medidas en tan enojoso asunto, que le desagradaba en extremo. A principios de 1881, declaró al fin, obligado por las circunstan¬cias, que le era imposible otorgar directamente la independen-cia al Transvaal, como exigían los boers. La respuesta no se hizo esperar; los boers se sublevaron y derrotaron a un contingente británico en las montañas de Majuba.
La Gran Bretaña estalló de indignación, que se avivó toda¬vía más cuando el primer ministro cedió ante la presión de los boers, por el acuerdo de Pretoria, en agosto de 1881, que con¬virtió al Transvaal en una república libre. La reina Victoria no daba crédito a sus oídos. Los boers sacaron la consecuencia de que ya nada tenían que temer de los ingleses.
William Gladstone decía, sin temor alguno a lo paradójico de sus palabras: «Señores, combatimos el imperialismo, pero nuestros corazones están ligados al
El canal de Suez
¡Frases más o menos enigmáticas! Gladstone no era el único en hacer extraños comentarios acerca de aquel imperio britá¬nico, en marcha decidida hacia su apogeo. Nadie, excepto Dis¬raeli, tenía una idea demasiado clara de la expansión británica; Disraeli murió en 1881, pero pocos años antes había obtenido uno de los más brillantes éxitos al servido del Imperialismo bri¬tánico: la intervención en el canal de Suez por parte de Inglaterra.
El canal de Suez debe su existencia a un ingeniero francés, Fernando de Lesseps. Durante muchos años, Lesseps habia intentado sin éxito atraer a príncipes y hombres de negocios a la idea de la apertura de un canal que uniese el Mediterráneo con el mar Rojo, con objeto de proporcionar al comercio mundial una nueva ruta de primer importancia. La energía y tenacidad de Lesseps lo¬graron el triunfo y en 1859 pudo iniciar los trabajos gracias al apoyo, no precisamente de Inglaterra, la más interesada en ello, sino de Napoleón III, e incluso la esposa de éste, la emperatriz Eugenia, realzó con su presencia las ceremonias de inaugura¬ción diez años más tarde, fecha histórica en la que una larga procesión de navíos transitó solemnemente el canal y al frente de ellos el yate imperial francés, el Águila.
Los ingleses no poseían una sola de las acciones de la Compañía que había costeado los gastos de la colosal obra. Francia tenía en su poder más de la mitad, y el príncipe de Egipto, conservaba el resto. A Disraeli le molestaba en extremo esta exclusión y la consideraba una imperdonable negli¬gencia, puesto que el canal de Suez revestía enorme importancia para las relaciones de la Gran Bretaña con la India, Australia y el Extremo Oriente. El nuevo itinerario era para los británicos mucho más esencial que para otra nación cualquiera. De pronto circuló el rumor de que el kedive, carente de dinero para su vida disipada, como de ordinario, pensaba vender sus acciones personales, unas 117 000 sobre 400 000. Disraeli aplicó oído aten¬to inmediatamente y cuando, poco más tarde, el kedive dio a conocer su precio —unos cuatro millones de libras— el negocio se convirtió en una carrera a contra reloj. El 18 de noviembre de 1875, Dlsraeli escribió a la reina: «Este asunto debe arre-glarse» y el 24: «Todo ultimado; ya lo tenéis, señora».
Todo ello se había negociado al margen del Parlamento, pero los representantes de la nación británica se apresuraron a ratificar su iniciativa. Y así, poco después que Inglaterra adqui¬riera sus acciones, el kedive entregó las llaves financieras egip¬cias en manos de una comisión mixta franco-Inglesa que se de¬nominó la Caja de la Deuda. De hecho, Egipto pasaba a depender de lo que entonces se llama la «doble administración». Por fin, en 1876, Benjamin Disraeli, forjador del imperio, llegaba a la cumbre de su carrera y pudo ofrecer a la reina el titulo de emperatriz de la India.
Gladstone predijo que la compra de las acciones del canal de Suez y el control o administración financiera de Egipto pe¬sarían gravemente sobre la Gran Bretaña y los acontecimientos le dieron la razón. Entre otras consecuencias, el Africa oriental empezó a ser algo más accesible. Poco se conocía de estos te¬rritorios, en los que apenas había comenzado la exploración europea. y fue entonces cuando David Livingstone pudo llevar a cabo la asombrosa misión de su vida.
Livingstone fue una personalidad notable, un hombre sencillo, sincero y honrado, que se evadía del mundo para salvar su alma. Al propio tiempo misionero, médico y explorador, fue uno de los héroes de su siglo: una fe profunda, honesta y ardiente, ins¬piró todos sus actos, y la mayor parte de sus viajes los llevó a feliz término en solitario, sin ninguna ayuda ni compañero blanco, porque se sentía más feliz entre los Indígenas negros.
Nació en Escocia, en 1813, y según sus propias palabras, en el seno de una «piadosa pobreza». A los nueve años ya trabajaba en una fábrica de hilados de algodón y economizaba para pagar sus estudios, con el fin de obtener el título de mé¬dico en las universidades de Glasgow y Londres. A partir de 1840, el joven doctor Livingstone se hizo misionero y, al año siguiente partió hacia el Africa meridional a una misión de Bechuanalandia situada a unos mil kilómetros del cabo de Buena Esperanza. Durante siete años llevó la penosa vida del humilde y abnegado misionero, predicó, convirtió a muchos aborigenes y puso sus conocimientos médicos al servicio de las poblaciones lndigenas. Fue famoso en sus relaciones con los negros: afectuo¬so y abnegado, sin ostentación, sin debilidades, al propio tiempo Livingstone aprendía varias lenguas autóctonas.
En 1849, se inició la grandiosa carrera de Livlngstone: «Te¬nemos todo un mundo ante nosotros», solía decir, y queda con¬quistar aquel vasto mundo, ante todo para el cristianismo pero también ~—y en ello demostró ser un típico victoriano— para el comercio y para el concepto que él tenía de la civilización. Li¬vingstone abrió entonces ante las más fantásticas experiencias; atravesó el desolador desierto de Kalahari y Ilegó al lago Ngami y a las impresionantes cataratas del Zambeze. Experiencias que a menudo fueron terribles; quedó dolorosamente afectado por la trata de negros, a la que inhumanos negociantes, en su mayor parte árabes, se dedicaban en el interior africano y Llvingstone declaró entonces la guerra contra los esclavistas, a quienes quería vencer sin más armas que su ideal misionero y la colonización. Tal objetivo exigía el establecimiento de nuevas misiones, y ello resultaba imposible sin el previo descubrimiento y exploración geográfica de inmensos territorios, lo que explica que Livingstone se hiciera primero explorador y después misionero. En 1852, inició la gran expedición hacia el interior del continente desco¬nocido; Livingstone envió a su familia a Inglaterra y se puso en marcha hacia el poniente africano. Dos años necesitó para llegar a la costa occidental, es decir a la orilla atlántica. Una vez allí, Livlngstone dio media vuelta y marchó de nuevo hacia Le¬vante, atravesando comarcas ignotas, hasta que un día descubrió unas grandiosas cataratas que los indígenas llamaban «el humo del trueno» y Livingstone rebautizó con el nombre de Victoria FalIs; siguiendo después el curso del Zambeze, llegó a la costa oriental, en 1856. Esta travesía del continente africano fue uno de los acontecimientos más destacados en toda la historia de la exploración africana, lo que llenó de gloria al doctor Livingstone.
Londres le acogió como un héroe nacional a su regreso en 1856, lo que no le halagó lo más mínimo, y así, en 1858, Livings¬tone se hallaba dispuesto para salir de nuevo. Una asignación de cinco mil libras y el cargo de cónsul en una ciudad africana de la costa, le permitieron llevar a cabo su segunda expedición, viaje que se prolongó hasta 1864. Nuevamente regresó a Londres, y la Real Sociedad Geográfica le confió la misión de explorar las comarcas de los lagos Nyassa y Tanganika, en busca de las fuentes del Nilo, problema clásico entonces y en la Antigüedad
Livingstone salió de Londres en agosto de 1865; en marzo del año siguiente, pasó desde Zanzibar al continente africano para empezar su tercer viaje, del que ya no volvería. Tenía intención de llegar hasta Tanganika, y después penetrar en el interior; de pronto desapareció y durante más de cinco años el mundo es¬tuvo sin noticias del gran explorador.
Le dieron por muerto, porque suponían que había llegado a un país de antropófagos. En esta situación, un magnate de la prensa americana, el propietario del New York HeraId, ordenó que se presentara uno de sus corresponsales y le dijo concretamnente: ¡Tome mil libras esterlinas; cuando se hayan gastado, tome mil libras más, y así sucesivamente; pero encuentre al doctor livingstone.
El New York Herald era el periódico de mayor tirada del mundo, pero no gozaba ciertamente de la mejor reputación, ya que se consideraba como sumamente indiscreto, poco escrupulos¬o, vulgar y sensacionalista. En cuanto al joven periodista enviado tras las huellas del desaparecido, se llamaba Henry M. Stanley y demostró, en todos sus actos, una energía a menudo rayana en la brutalidad. Stanley se tropezó con demasiadas peripecias y dificultades en su tumultuosa existencia para ser un nombre refinado. Nacido en 1841 en el País de Gales, se había listado en un barco, y al fin llegó a Nueva Orleáns. Durante la guerra de Secesión combatió primeramente en las filas de los sudistas y después en los ejércitos de la Unión; más tarde, escri¬bió en diversos periódicos, e ingresó en el New York Herald. Donde en 1869 recibió la misión de hallar a Livlngstone a toda costa, Stanley había vivido ya las batallas campales de la guerra civil, las escaramuzas sangrientas contra los indios pieles rojas, varios naufragios y largos viajes por países lejanos.
En 1871 Stanley desembarcó en Zanzibar y equipó allí su expedición de búsqueda. Algunos suponían que Livingstone se hallaba probablemente en el poblado de Ujiji, junto al lago Tangranika. Stanley quiso comprobar personalmente esta hipótesis dispuso que su expedición saliera en abril de aquel mismo año. Los primeros días de noviembre de 1871, Stanley llegó a un gran lago, que no dudó fuera el Tanganika. En la orilla un grupo le chozas, precisamente Ujiji. Entonces pudo ver a aquel hombre quien buscaba desde hacia cerca de un año. Stanley se dirigió a él, sosteniendo con respeto el casco tropical en la mano. Livingstone recibió con gratitud a aquel desconocido que llegó para salvarle la vida. Livingstone impresionó al joven periodista, hasta el punto de dejar viva la huella en él durante toda su vida; Stanley consideró a Livingstone como un santo, un apóstol de Cristo, dotado de inmensa bondad, paciencia y espíritu de sacri¬ficio. El recién llegado se proponía conducir a Livingstone hasta Londres, donde recibiría los cuidados que exigía su estado de salud, pero Livingstone se negó a ello alegando que no habla terminado su tarea. Permaneció en la brecha africana y ambos hombres se separaron al fin en 1872.
Stanley fue el último blanco que pudo ver todavía vivo a Livingstone. El gran explorador y misionero prosiguió sus tra¬bajos aun hallándose ya agotado por completo. El doctor Li¬vingstone murió durante la noche del 30 de abril al 1 de mayo de 1875, en un poblado negro al sur de Ujlji, en pleno corazón de Africa. Sus compañeros indígenas enterraron emocio-nados su corazón bajo un árbol, en el mismo lugar en que expiró, y los demás restos mortales, conducidos piadosamente a Ingla¬terra, descansan actualmente en la abadía de Westminster. Li¬vlngstone escribió varios libros en los que describía sus viajes, los cuales figuran hoy entre los clásicos de la literatura inglesa, y que han dado motivo a que se comentara: «Livingstone des¬cubrió Africa de la manera más cristiana y noble que existe».
Entretanto, Stanley regresó a la costa a marchas forzadas, para embarcarse con destino a Inglaterra, y corrió veloz, literalmente ha-blando, hacia el primer telégrafo que pudiera anunciar su gran victoria profesional a su periódico y al mundo entero. Pero apenas regresado a Inglaterra, $tanley se vio pronto asediado por la envidia y la des-confianza. Se puso en duda la autenticidad de las cartas de Livlngstone que trajo el periodista-explorador y llegó a decirse que lejos de haber socorrido a Livingstone fue salvado por éste e intentado usurpar la gloria del doctor. Por fortuna, dos hombres cuando menos, vieron la situación con claridad: Gordon Bennet, director del New York Herald, que se apresuró a costear un nuevo reportaje de Stanley en el Africa Central, y Leopoldo II, rey de los belgas, que supo encontrar en los artículos del explorador la confirmación de sus aspiraciones coloni¬zadoras.
Leopoldo II convocó el 12 de septiembre de 1876, en el palacio de Bruselas, una conferencia internacional de Geografía. Ante los delegados de Alemania, Austria-Hungría, Gran Bretaña, Italia, Francia y Bélgica, declaró: «Señores: entre quienes más se han dedicado a estudiar Africa, buen número de ellos se han inclinado a creer que se lograrían notables ventajas, para el fin común que persiguen, si se celebraran reuniones y confe¬rencias con vistas a regular la marcha de las exploraciones, combinar los esfuerzos, sacar partido de todos los recursos y evitar la duplicidad de trabajos. Me ha parecido que Bélgica, estado central y neutral, sería un país notoriamente bien escogido para semejante reunión, lo cual me ha alentado a convocaros a todos aquí, en mi casa…».
Al cabo de siete días de debates acerca de la importancia científica de las exploraciones y la necesidad humanitaria de detener el tráfico de negros, al que se dedicaban los árabes, la conferencia quedó organizada como Asociación internacional para la represión de la trata de negros y promoción del Africa central. Leopoldo II asumió la presidencia del comité ejecutivo, del cual fue el cerebro, la voluntad y ciertamente el socio capi¬talista; por lo demás, debían constituirse comités nacionales en cada país participante y preparar los caminos para una acción eficaz de la opinión pública. El comité belga fue, de hecho, el único en entrar inmediatamente en acción, y la primera expedi¬ción organizada se encargó de establecer estaciones en la región de los Grandes Lagos. Acababa de embarcarse cuando se supo que Stanley, que había salido de Zanzibar en 1874, había logrado atravesar el Africa ecuatorial de parte a parte.
Leopoldo II no perdió un instante. Stanley, a su llegada a Marsella, fue acogido por dos representantes del rey, que le invitaron a que pasase al servicio de la Asociación Internacional Africana. Stanley se negó al principio, porque esperaba encon¬trar apoyo financiero y político en la Gran Bretañaa; luego, pa¬sados seis meses de entrevistas estériles, se resignó a establecer contacto con Leopoldo II. «Ahora —indicaba el explorador— estoy comprometido con un pueblo extranjero, para Intentar obtener el Congo para él. Veremos lo que podemos hacer.,.»
Lo que pudo hacer fue excepcional. En 1860, mientras Braz¬za, otro explorador, se establecía en la orilla derecha del Pool del río Congo y lograba hacer reconocer la soberanía francesa, Stanley se instaló en la orilla izquierda, donde fundó la esta¬ción de Leopoldville; más tarde pudo colocar nuevos jalones de exploración en el alto Congo y descubrió el lago Leopoldo II. Habla llegado la hora de las negociaciones diplomáticas. El monarca belga supo explotar hábilmente la emulación de las grandes potencias, y frente a las ambiciones de Francia y de Brazza apelaba a Inglaterra, mientras que si, por el contrario, ésta sostenía con excesiva animosidad tas pretensiones portuguesas a la desembocadura del Congo, en virtud del tratado anglo-portugués de 1884, advertía discretamente de ello a Bismarck. Mientras Stanley fundaba una nueva serie de estaciones colonizadoras, el rey de los belgas preparaba el cebo del reconocimiento del «estado libre del Congo», y aprovechando el movimiento de simpatía provocado en los Estados Unidos en cuanto a la lucha contra la esclavitud, el rey obtuvo del gobierno de Washington, el 22 de abril de 1884, el reconocimiento de Asociación Internacional del Congo y de la bandera azul estrella dorada. Francia, a cambio de ciertas concesiones, y más tarde Alemania, imitaron el gesto americano.
A partir de entonces, el reconocimiento del estado del Congo estaba virtualmente conseguido y la conferencia internacional convocada por el canciller Bismarck, pudo comenzar sus trabajos. El 26 de febrero de 1885, el acta general de Berlín reconoció a Leopoldo II como soberano propietario del estado independiente del Congo, cuyos límites abarcarían toda la cuenca convencional del río; en compensación, las banderas de todos los países debían tener acceso a él, y al comienzo se declara libre para todas las naciones. Dos meses más tarde, las Cámaras belgas votaron el régimen de gobierno de unión personal de Bélgica y el Congo.
La situación en Africa del Sur se tomó de pronto alarmante, a mediados de la última década del siglo, y el primer punto candente era el Transvaal. La república de los boers había evolucionado en un sentido que apenas respondía a los proyectos que la Gran Bretaña forjaba para su imperio. Cuatro recias personalidades representaron primeros papeles en el drama sudafrlcano: el anciano lord Salisbury; su ministro de Colonias, Jose Chamberlain; el presidente del Transvaal, Paul Krüger y Cecil Rhodes.
La reina Victoria recibió en audiencia a Cecil Rhodes y le preguntó: •Qué está haciendo usted ahora. A lo que replicó su interlocutor: “Hago todo cuanto puedo para extender los dominios de Vuestra Majestad”. Ciertamente, Rhodes no exageraba en absoluto, por haberse convertido en uno de los mayores constructores del imperio. Hijo de un pastor inglés, lo enviaron al Africa del Sur a los diecisiete años de edad, para cuidarse una leve afección pulmonar, hacia 1870, en la época del rush o gran invasión hacia las minas de diamantes descubiertas poco antes. Aquel negocio interesó en gran manera al joven Rhodes, quien compró una concesión y procuró ganar dinero para regresar a Inglaterra y poder estudiar. Más tarde, adquirió sistemáticamente varias minas de diamantes en Kimberley, las transformó en vastas e importantes empresas, y pronto se encontró de lleno en el centro de toda la actividad financiera de Africa del Sur. En 1889, el gobierno le autorizó a crear la Chartered British-South-Africa Company que correspondía, en cierto modo, a la East India Company del siglo XVII, La Chartered Company se adjudicó un extenso territorio que llamó Rhodesia, en homenaje a su fundador y, a poco, la compañia se convirtió en un imperio dentro del Imperio.
Cecil Rhodes llegó a ocupar el cargo de primer ministro de la colonia de El Cabo en 1890, También aquel hombre tuvo su «gran sueño», como Gabriel Hanotaux y tantos otros. Persuadido de que ningún otro pueblo podía compararse con los británicos, escribía: «Somos el pueblo más grande del mundo y cuantos más territorios colonicemos, mejor será la humanidad. Si conseguimos que la mayor parte del mundo esté bajo nuestra administración, se habrán terminado todas las guerras». Rhodes soñaba con reunir bajo la Unión Jack británica una confederación africana de estados libres, desde El Cabo a El Cairo. Por otra parte, Africa no bastaba a sus ambiciones y le parecia perfectamente realizable el fundir en un solo bloque a todos los pueblos de habla inglesa. Cecil Rhodes era un entusiasta, un visionario que contaba con poderosos medios. En cambio, su enemigo Paul Kruger le consideraba como uno de los hombres menos escrupulosos de toda la historia mundial.
Paul Krüger era presidente del Transvaal desde 1883. En su infancia realizó en 1835, el «gran trek», la gran migración desde El Cabo hacia el norte, y fue testigo de la creación de su futuro estado; fue también cazador y campesino, y la Biblia guiaba todas sus acciones.
La pequeña república boer fue un país pobre hasta el día en que se descubrió abundante oro en Witwatersrand. Llegaron aventureros procedentes de todos los países, sobre todo de Europa. La ciudad de Johannesburgo aumentó visiblemente y ya contaba cien mil habitantes en 1895; los extranjeros invirtieron grandes capitales en las minas y Cecil Rhodes figuraba, por supuesto, entre los mayores capitalistas. Africa del Sur despertaba entonces todas las apetencias.
El presidente Krüger detestaba a todos aquellos extranjeros que trataban de entrometerse en su país. Los inmigrantes aportaban al Estado las nueve décimas partes de sus ingresos fiscales; a pesar de ello, no tenían derecho al voto ni podían ejercer la menor influencia en la administración de la república, por lo que aumentó el malestar.
Paul Krüger también forjaba sus sueños, los de ofrecer al Transvaal su independencia completa, liberarla de la soberanía—aun siendo teórica— impuesta por la Gran Bretaña después de la batalla de Manjuba Hill; en su opinión, el Transvaal debía dirigir su politica exterior y convertirse en el estado más poderoso del África meridional, A tal propósito, Krüger buscó aliados contra Cecil Rhodes y los ingleses, y eligió la única gran potencia que poseía igualmente territorios en el África del Sur: Alemania. En enero de 1895, día del aniversario del emperador Guillermo, Kruger pronunció un discurso en la colonia alemana de Pretoria en el cual dijo: «Ha llegado la hora de asentar nuestra amistad sobre una base todavía más firme». A partir de entonces; la situación empeoró rápidamente.
A finales de los años 80, Cecil Rhodes coincidió con Chamberlain en un banquete y su conversación nada tuvo de cordial, precisamente. «Me han dicho que usted apenas me aprecia» observó Rhodes, a lo que Chamberlain respondió: «No recuerdo haber proporcionado a nadie el menor motivo para que usted me hable de este modo. Pero ya que abordamos este tema, dígame ¿por qué tengo que apreciarle? Yo sólo sé dos cosas de usted: en primer lugar, ha afirmado, al parecer, que todo hombre tenía su precio; eso no es verdad, y no me gustan las gentes que piensan así. En segundo lugar, ha proporcionado diez mil libras a Parnell, y creo que difícilmente puede esperar que le dé las gracias por ello».
Chamberlain no superó nunca por completo su desconfianza hacia el multimillonario; sin embargo, cuando se le adjudicó la cartera de Colonias durante el tercer ministerio de lord Salisbury, su primer gesto fue autorizar a la Chartered Company que ocupara una estrecha franja de terreno a lo largo de la frontera occidental del Transvaal, con intención de establecer un ferrocarril que comunicara El Cabo con Rhodesia. Esta pequeña porción de territorio representaría pronto un papel decisivo.
El ministro de Colonias estaba ciertamente informado del malestar político que reinaba entre los inmigrantes del Transvaal y sabía que la rebelión era posible e incluso probable; pero Chamberlain parecía ignorar el plan de un levantamiento, ya a punto en los últimos díass de otoño de 1895. La operación preveía que Cecil Rhodes pusiera a disposición de los rebeldes una tropa de policía armada, organizada por la Chartered Company, pero Rhodes se sentía como sobre ascuas, y deseaba actuar y atacar con la mayor rapidez.
El mando de la fuerza de policía que debía apoyar el golpe de estado se confió al doctor Leander Stare Jameson, uno de los mejores amigos de Rhodes y una de las personalidades más importantes de la Chartered Company. El doctor Jameson debía de ser sin duda un hombre encantador, pero también impulsivo, nervioso en exceso, en quien la acción tenia prioridad sobre la reflexión, Reunió a su tropa en la famosa franja de terreno de la frontera occidental; en principio, sus hombres debían penetrar en el Transvaal a una señal convenida con los rebeldes, pero la señal no llegó porque en el último instante los inmigrantes retrasaron la acción. Con todo, el doctor Jameson quería a toda costa llevar a cabo la incursión y el 29 de diciembre de 1895 pasó la frontera de la República boer con quinientos hombres dispuestos a derribar al gobierno Kruger.
Fue evidentemente un espectacular fracaso: los boers tuvieron que esforzarse para rechazar el ataque, que en Inglaterra el joven político liberal Edward Grey calificó de «crimen». Jameson depuso las armas a los cuatro días: el 2 de enero, y al día siguiente el presidente Krüger recibió este telegrama procedente de Alemania: «Os felicito cordialmente, lo propio que a vuestro pueblo por haber rechazado, sin ninguna ayuda de potencias amigas, a las bandas armadas que invadieron vuestro territorio; y por haber restablecido vosotros solos la paz y la independencia de vuestro país. Guillermo».
La incursión Jameson causó el efecto de una bomba y el porvenir político de Chamberlain estuvo amenazado durante varios dias; no obstante. El ministro adoptó pronto sus medidas y condenó la aventura en términos rotundos. Cecil Rhodes hubo de abandonar la presidencia del gobierno en la colonia de El Cabo y el doctor Jameson compareció ante un tribunal londinense que le condenó a dos años de prisión, si bien muy pronto fue liberado por razones de salud. Terminó su carrera siendo primer ministro de El Cabo.
El suceso más sensacional de aquel episodio fue sin duda el telegrama del kaiser, gesto que tuvo consecuencias bastante serias en lo tocante a las relaciones anglo-alemanas. Hasta entonces, a causa de sus continuas fricciones con franceses y rusos, los británicos se habían orientado instintivamente hacia Alemania, pero he aquí que Guillermo II se presentaba de repente como protector de Krüger, que en aquel instante era el peor enemigo de la Gran Bretaña. La prensa inglesa protestó unánime y violentamente y el Times afirmó que ya era hora de indicar a los alemanes que los británicos no cederían jamás ante ninguna amenaza, cualquiera que fuese su procedencia.
En cambio, el kaiser demostró estar muy satisfecho, y su pueblo aplaudió el telegrama, por supuesto. Aquella reciente hostilidad entre Inglaterra y Alemania estribaba también en otros motivos: en 1896 apareció en Inglaterra un folleto titulado Made in Germany, que exponía el peligro cada vez mayor que para Inglaterra significaban las exportaciones alemanas y hablaba también de una rivalidad a muerte, entre ambos países en el plano comercial.
Las espantosas matanzas de las dos guerras mundiales del siglo xx hacen que nos olvidemos un tanto de Ladysmith, Jagersfontein, Spionkop, Colenso y Mafeking, y sin embargo la guerra de los boers, sus campos de batalla y sus operaciones de asedio, fueron en su época una realidad sumamente penosa para África y Europa, y sobre todo para la Gran Bretaña. Las reacciones de la población británica pasaron por tres etapas sucesivas: primera, un entusiasmo más o menos delirante; luego el más sombrío pesimismo y. finalmente, la amarga decisión de terminar la guerra a toda costa, obligando a los boers a una capitulación sin condiciones.
Después de la incursión de Jameson, fue ya imposible evitar la guerra: Paul Krüger emprendió preparativos impresionantes, compró cañones y fusiles en Holanda, Alemania y Francia. y llevó a cabo numerosas fortificaciones. Su adversario, sir Alfred Milner —el futuro lord Milner— fue enviado entonces al África del Sur por el propio Cbamberlain, con el título de alto comisario británico. Este personaje no dejaba de ser un excelente administrador y partidario convencido de los ideales imperialistas, pero era un pésimo diplomático cuyas negociaciones con los boers fueron catastróficas por su arrogancia intolerable.
El 10 de octubre de 1899, el presidente Krüger envió un ultimátum al gobierno británico, exigiendo el cese de todo envío de refuerzos británicos al África del Sur y la retirada de las tropas ya acantonadas. El gabinete de Salisbury rechazó, por supuesto, el ultimátum, lo que significaba la guerra.
Resulta dificll saber qué fue más resonante, si el entusiasmo patriótico en Inglaterra o los reproches rencorosos contra la Gran Bretaña en todas partes del mundo. La opinión general juzgaba escandaloso que un gran imperio declarase la guerra a dos pequeñas repúblicas boers —el Estado libre de Orange se había unido al Transvaal— y saludaba a los boers como a auténticos héroes, victimas de una brutalidad despiadada y en los últimos días de 1899, eran muy escasos quienes fuera de Inglaterra no compartían esta opinión, que contaba con partidarios incluso en la propia Inglaterra, en una reducida fracción del partido liberal. En 1937, el historiador liberal G. M. Trevelyan reflejaba aún el ideario de este grupo en su biografía de sir Edward Grey:
. En aquel último otoño del siglo xix, los propios boers se sentían henchidos de valor, seguros de la justicia de su causa, persuadidos de tener el derecho en su favor, como igualmente estaban convencidos de conseguir la victoria. Los boers eran excelentes soldados, magníficos jinetes y escogidos tiradores; además, combatían en su propio terreno, notoria ventaja en tales circunstancias, y por añadidura no dudaban de que los rivales de la Gran Bretaña iban a prestarles decisiva ayuda, en primer lugar Alemania y Francia, lo que significaría el término de la hegemonía británica en el mundo. Un boer resumirá de este modo los deseos y esperanzas de sus compañeros: .
Durante la guerra de los boers, el mundo oyó hablar por vez primera de cosas que alcanzarian triste celebridad: el color kaki de los uniformes, las alambradas de espinos, las trincheras con parapetos de sacos de arena, los campos de concentración. Al principio, los boers tuvieron la ventaja del número que les proporcionó los primeros triunfos: iniciaron las hostilidades con una ofensiva mortal, los boers derrotaron una vez más a los ingleses durante «la semana negra» del mes de diciembre.
Los británicos recuperaron la iniciativa en Jagersfonteln y en Colenso. El cambio se perfiló en enero de 1900 con el nombramiento de lord Roberts para el mando supremo y de Kitchener como jefe del Estado Mayor general. Ladysmith fue liberada en febrero y Mafeking en mayo. Las demostraciones de alegrla de los londinenses ante estos éxitos locales evidencian hasta qué punto albergaban pocas esperanzas de victoria. La toma de Mafking les permitió gran alivio; luego los británicos entraron en Pretoria y Johannesburgo, a finales de mayo y principios de junio. Krüger partió a Europa en demanda de ayuda, aunque sin resultado, ya que ningún país se atrevió a apoyar a los boers. El Estado libre de Orange cayó en mayo y la conquista del Transvaal quedó terminada en octubre, lo que determinó, de hecho, el final de la contienda. Sin embargo, el gabinete británico prosiguió las hostilidades, con disgusto de Kitchener, indignado por aquella guerra. Los boers se negaban todavía a someterse, a pesar de la ventaja numérica de Inglaterra, que inundaba de soldados el país y derrotados en los campos de batalla, prosiguieron la lucha contra los ingleses, en guerrillas difíciles de dominar. La paz no llegó hasta 1902. y los boers aceptaron en Vereenlglng las honorables condiciones que les propuso Kitchener: el Transvaal y el Estado libre de Orange reconocieron como soberano al rey de Inglaterra y recibieron a cambio la promesa de una amnistía general y un régimen de autonomía interna.
Cecil Rhodes había muerto antes de cumplir los cincuenta años de edad, en marzo de 1902, cuando iba a firmarse la paz. Sus últimas palabras fueron: «¡Tantas cosas por hacer y qué poco se ha hecho!».
En aquella época José Chamberlain tenía también ante él mucho trabajo. En los últimos años del siglo, mantuvo prolongadas negociaciones con el conde Hatzfelt, embajador de Alemania, entrevistas que no alcanzaron resultado positivo. En caso contrario, la historia del mundo quizás hubiera seguido otro curso. El 29 de marzo de 1898, Chamberlain se entrevistó con Hatzfelt privadamente y le formuló una proposición sensacional: una alianza defensiva entre Alemania y Gran Bretaña. De hecho, no se trataba de una concesión dictada por circunstancias momentáneas: Chamberlain había reflexionado detenidamente y creía poder realizar un acuerdo entre Alemania e Inglaterra y acaso también con los Estados Unidos, para garantizar la paz durante una generación cuando menos, o quizás por más tiempo todavía. En cambio, el anciano lord Salisbury seguía manteniéndose terco en el principio del «espléndido aislamiento». Chamberlain no podía contentarse con esta idea por considerarla incluso peligrosa en aquellas circunstancias.
Chamberlain repitió su oferta en tres ocasiones distintas: en 1898, en 1899 y en 1901. Visitó no sólo al embajador de Alemania, sino también al propio kaiser y al canciller imperial.
Bernhard von Bülow. El ministro Inglés acabó declarando que Gran Bretaña no podía permitirse ya el lujo del aislamiento: tenía necesidad de aliados y daba la preferencia a Alemania; ahora bien, si el acuerdo resultaba imposible con el imperio alemán, buscaría entonces una aproximación a Francia y a Rusia.
Chamberlain tuvo paciencia hasta el último momento, pero Alemania respondía siempre con una política de obstinada reserva. El consejero privado Von Holstein escribia en 1899: «No tiene la menor importancia que se nos ame o se nos odie. La política internacional es hoy tan complicada que ninguno de los grandes bloques mundiales desearía tener a Alemania por adversario; y los ingleses menos aún que los rusos».
Chamberlain perdió al fin la paciencia y expresó a su jefe Salisbury que los alemanes, con posterioridad a la caída de Bismarck, basaron toda su politica en la extorsión: opinión que el ministro expresó igualmente en sus discursos oficiales.
Se perfilaba el mundo al sistema de alianzas que culminarían en el choque imperialista en la I Guerra Mundial.

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