REVOLUCIÓN FRANCESA PARTE II.

            LA GRAN BURGUESÍA FINANCIERA ASCIENDE AL  PODER. LA MO­NARQUÍA  FRANCESA   ES   DERROCADA   EN   1792.

La Asamblea Legislativa. Una vez redactada por ella la Consti­tución, la Asamblea Constituyente había terminado su misión. Dejó, pues, paso libre a la Asamblea Legislativa, elegida según los principios de la nueva Constitución.

No podía ser elegido ni elector de la Legislativa más que todo aquel que, ciudadano acomodado, pagara impuestos por sus bienes.

De 766 diputados, no había más que tres campesinos y cuatro artesanos. La mayoría de los escaños de la nueva asamblea fueron a parar a manos de la gran burguesía, banqueros, usureros y comerciantes.

Los representantes de la burguesía comerciante e industrial (mercaderes y propietarios de manufacturas) ejercían en ella una crecida influencia. Se les denominaba los girondinos, del nombre del departamento de la Gironda, del que habían salido electos sus jefes más significados. Los girondinos lograron que el poder real pasara a manos de la Asamblea Legislativa, la cual, según venimos diciendo, se componía casi exclusivamente de miembros de las clases propietarias. Una vez realizada su revolución per­sonal y logradas sus metas, los girondinos pasaron a temer más a las masas que al rey.

La Revolución Francesa y los países feudales de Europa. Los contrarre­volucionarios franceses se dirigieron al rey de Prusia, al emperador de Austria y a la emperatriz de Rusia, implorando una intervención en favor del resta­blecimiento del poder real en Francia. Catalina II les dio subsidios económi­cos. En cuanto a una posible intervención armada en los asuntos directamente vinculados a la Revolución Francesa, Catalina II se negó a ello, atareada como estaba en sus guerras contra Suecia y Turquía y en sus anhelos de participar en la división de Polonia.

Mientras la emperatriz rusa se ponía al lado de los contrarrevolucionarios franceses, los rusos de ideas avanzadas seguían con entusiasmo e interés los acontecimientos que en Francia se sucedían.

En 1790, mientras luchaba por la liberación de los siervos en Rusia, el revolucionario ruso A. N. Radíschev publicó un libro que ha pasado a la posteridad: Viaje de Petersburgo a Moscú.

En esta obra quedaban valientemente denunciados los horrores de la servi­dumbre a que se veían sometidos los campesinos, se les exhortaba a la revolu­ción y expresaba la simpatía del autor por los sucesos revolucionarios de Fran­cia. Catalina II declaró que era “un rebelde peor que Pugatchev, si cabe”. Fue condenado a muerte, conmutada su pena y conducido a Siberia cargado de cadenas.

El comienzo de las guerras revolucionarias. Queriendo benefi­ciarse del estado casi desesperado en que se encontraba Francia para poder restablecer el absolutismo, y con él lograr la devolución de los plenos poderes a Luis XVI y a María Antonieta, el emperador de Austria, hermano de ésta, preparó una campaña militar contra Francia. La Asamblea Legislativa optó por tomar la iniciativa y, en la primavera de 1792, declaró ella misma la guerra a Austria.

Desde aquel momento, Francia entró en un período de gue­rras que debía prolongarse durante más de veinte años.

Al repeler la agresión de los invasores y de los contrarrevolu­cionarios, Francia mantenía una guerra justa cuya finalidad era la de garantizar la seguridad del país. En tales corcunstancias, los propios intereses del pueblo exigen de la masa una participación activa en pro de la defensa del suelo patrio. En 1792, cuando los monarcas absolutos, aterrados ante la ola revolucionaria que cubría toda Francia, le declararon la guerra con la esperanza se­creta de ahogar la revolución, el pueblo francés se batió con he­roísmo por su país contra los peligros terribles que sobre él se cer­nían. Luchó con abnegación total contra las tropas de los reyes.

La patria en peligro. La guerra contra Austria y Prusia, que a ella se unió, empezó de modo desastroso para los franceses. Los nobles que conservaban puestos de mando en el ejército no espe­raban más que el momento adecuado para traicionar a la repú­blica. Los soldados habían perdido su confianza en oficiales y generales. La disciplina se había relajado. Como María Antonieta había entregado a los austríacos el plan de la campaña, la situa­ción militar empeoró aún más. Las tropas austríacas y prusianas amenazaban las fronteras nacionales.

Cediendo a la presión de los obreros de los suburbios, la Legislativa decretó la llamada a filas de veinte mil voluntarios de provincias y la instalación de un campamento en los alrededo­res de París. El rey se negó a refrendar el decreto que lo orde­naba. Denegación que provocó la indignación de todos. A pesar de la prohibición real, por toda Francia se organizaban destaca­mentos de voluntarios que acudían a la capital con ánimos de defenderla. El regimiento de los marselleses avanzaba cantando un himno revolucionario que luego recibió el nombre de Marsellesa. Sus primeras estrofas claman:

Vamos, hijos de la patria,

ha llegado el momento de la gloría!

En contra nuestra, la tiranía

ha levantado su bandera sangrienta.

¡A las armas, ciudadanos!

En julio,  la Legislativa declaró que la patria estaba en peligro. Fueron distribuidas armas a los parisienses. Los destacamentos re­cién formados salieron hacia el frente.

La insurrección del 10 de agosto de 1792. Cae la monarquía francesa. Ante los peligros inmensos que amenazaban las conquis­tas de la revolución, obreros y artesanos de los suburbios de París se levantaron contra el ejército de emigrados, hechura de los Estados feudales. El movimiento campesino francés contra los se­ñores se redobló con mayor ahínco. Los jacobinos Robespíerre y Dantón dieron muestras de una actividad febril. Reclamaban que se depusiera al rey y se convocara una asamblea popular, la Con­vención, elegida por sufragio universal, sin exclusión de los ciuda­danos pobres.

Marat, que era muy popular entre la pequeña burguesía y el pueblo bajo de París, aconsejaba en su periódico El Amigo del Pue­blo la desconfianza hacia el monarca y también hacia la Legisla­tiva. “La Asamblea Legislativa es vuestro peor enemigo —repetía Marat incesantemente en sus artículos—. Querrá vengarse de vos­otros y tratará de dormiros con promesas que no piensa cumplir jamás. Exigid la convocatoria de la Convención para juzgar al rey y para reformar la Constitución.”

/uan-Pablo Maraí (1743-1793) era médico. Había estudiado en Londres, y luego se había ido a vivir a París. Desde los prime­ros días de la revolución, Marat escribía vehementes artículos en los que defendía con ardor los intereses de las clases depaupera­das del campo y de las zonas urbanas. Se dictó contra él una orden de detención y tuvo que vivir durante meses escondido en las barracas. Trabajando de día y de noche en un sótano privado de luz natural, Marat contrajo una enfermedad de los ojos, pero no por ello dejó de escribir artículo tras artículo, exhortando a todos a no dejar de proseguir la obra de la revolución. Marat redactaba su diario: El Amigo del Pueblo. Eran muchos los parti­darios con que contaba entre el bajo pueblo, y él mismo acabó por recibir la denominación de “amigo del pueblo”. Aunque Marat incitaba al pueblo a que luchase, primero contra el rey y luego contra los girondinos, no tenía un programa propio esen­cialmente diferente del de los jacobinos.

Compadecido de los artesanos pobres, y queriendo mejorar su suerte, Marat proponía que se restableciese el sistema feudal de los gremios, caído ya en desuso.

Cuando la revolución estuvo en peligro, Marat dedicó toda su energía a las secciones (administración local de los barrios de París), las cuales tomaban parte muy activa en la lucha política en la calle. Estas secciones, organizadas cuando las elecciones a los Estados Generales, seguían en pie. Muchas de ellas admi­tían en su seno ahora, además de los ciudadanos acomodados, a todo aquel que quisiera formar parte de las mismas. Durante las aza­rosas jornadas del mes de agosto de 1792, las secciones, que habían perdido toda confianza en la Asamblea Legislativa, declararon que sus sesiones serían permanentes y nombraron un comité cen­tral —la Comuna revolucionaria de París (administración au­tónoma de la ciudad)— para dirigir el movimiento. La carestía de la vida y la penuria en productos alimenticios contribuían a la excitación creciente de las masas. El descon­tento generalizado era atizado por los fracasos militares y las trai­ciones cada vez más flagrantes de la Corte. En la noche del 9 al 10 de agosto de 1792, al toque a rebato (se supone que el primero que dio la señal desde uno de los campanarios fue Marat), los habitantes de la capital se concen­traron en torno al edificio en que se reunía la Comuna de París. Con el alba, aquel día 10, grupos de parisienses armados con fu­siles, pistolas y picas, apoyados por grupos de refuerzo que les habían llegado de las provincias, y con un comité revolucionario elegido por el pueblo a su frente, se dirigieron al asalto del pala­cio real. Luis XVI, que llevaba ya tiempo aguardando este ata­que, había concentrado en palacio diversos cuerpos de mercena­rios suizos, mandando aprestar, también, las piezas de artillería, y reunido a su alrededor a los nobles que le permanecían fieles.

El primer ataque fue rechazado. La plaza del palacio estaba sembrada de cadáveres y de heridos. Tras el segundo ataque, las Tullerías fueron tomadas, pero el rey permanecía invisible. Luis XVI se había refugiado en la Asamblea Legislativa. Por temor a las masas revolucionarías, la Asamblea le arrebató el poder, aunque decretando que viviría en uno de los palacios de París. La Comuna, atribuyéndose entonces aquél, exigió y ob­tuvo el arresto del rey, suerte que, asimismo, les cupo a sus fami­liares. Así fue como el 10 de agosto de 1792 se produjo en Fran­cia el derrocamiento de la monarquía.

Esta insurrección puso fin al primer período de la Revolu­ción Francesa (desde 14 de julio de 1789 hasta el 10 de agosto de 1792,) período durante el cual el poder se hallaba en las manos de la gran burguesía financiera y su aliada la nobleza avanzad. La revolución seguía en su desarrollo una curva ascendente. Las masas populares iban cobrando cada vez más importancia en la dinámica de los acontecimientos y su participación era cada vez más activa en ellos. El 10 de agosto no es solamente la fecha en que cae la monarquía; también señala la derrota de las capas más altas de la burguesía. A favor de la insurrección popular, la bur­guesía girondina, mercantil e industrial, se hizo con el poder. La segunda parte de la historia de la Revolución Francesa va desde el 10 de agosto de 1792 hasta las jornadas del 31 de mayo-2 de junio de 1793, cuando el poder pasa a los jacobinos, repre­sentantes de la burguesía revolucionaria sostenida por el pueblo.

Esta última fecha marca el comienzo del tercer período, etapa de dictadura jacobina, punto culminante de la revolución. Por fin, fueron abolidos en esta época todos cuantos privilegios feu­dales oprimían con su terrible peso a las masas campesinas. Este lapso revolucionario abarca poco más de un año, desde el 2 de junio de 1793 hasta el 27 de julio de 1794. El final de la ter­cera época —la caída de la dictadura jacobina— implica asimis­mo el final de la Revolución Francesa.

La organización de la defensa y el rechazo del enemigo. Aun­que el triunfo del 10 de agosto fuera de suma importancia para los parisienses, éstos sabían perfectamente que todavía era muy pronto para cantar victoria: las tropas invasoras extranjeras ha­bían puesto pie en tierra francesa. La Comuna, en relación directa con las masas, ejerció toda su influencia y todo el poder de que gozaba en París para organizar la defensa. No había tiempo que perder: los prusianos estaban ya a las puertas de Verdún. El pueblo de París enviaba los combatientes al frente, mientras los contrarrevolucionarios, en el corazón mismo de la capital, preparaban abiertamente una sublevación.

Durante aquellos días el jacobino Dantón, expresando el esta­do de ánimo de las masas, decía desde la tribuna de la Asam­blea: “Cuando la patria está en peligro, nadie puede negarse a prestarle sus servicios sin que se le declare infame y traidor a la patria misma. Para vencer a nuestros enemigos necesitamos valor, más valor, siempre valor.. . y Francia será salvada.”

Las consignas para la defensa de la patria, emanadas de Robespierre, Marat y Dantón, fueron ampliadas y difundidas por toda la Francia revolucionaria. Ocurrió entonces algo que nadie esperaba en Europa: las tro­pas revolucionarias francesas, hambrientas, andrajosas, más de una vez descalzas, pésimamente equipadas, pero desbordantes de en­tusiasmo revolucionario, repelieron a los ejércitos bien adiestrados de los Estados feudales.

El 20 de septiembre de 1792 se libró en Valmy, junto a la frontera belga, una batalla decisiva. Los prusianos fueron incapa­ces de resistir al fuego artillero y, sobre todo, al empuje súbito de las tropas revolucionarias. Emprendieron la huida. París esta­ba a salvo. La batalla de Valmy fue una fecha clave en la evo­lución de la guerra. Tras de esta victoria, el ejército revolucio­nario pasó a la ofensiva. A poco, las tropas francesas atravesaron la frontera y ocupa­ron Bélgica. Con la ocupación de Bélgica, nació el descontento del gobierno inglés, temeroso de que, una vez dominado dicho país por un gobierno poderoso, se convirtiera éste en una ame­naza para Inglaterra.

La convención bajo el imperio de los girondinos: 1792-1793. La Convención. El 20 de septiembre de 1792, el mismo día en que las tropas francesas derrotaban gloriosamente en Valmy a las huestes invasoras, tuvo lugar en París la primera sesión de la Convención nacional, elegida por sufragio universal masculino. (El apelativo de Convención significa “acuerdo”.) La Convención, lo mismo que decíamos de la Asamblea Le­gislativa, a la que vino a suceder, se componía principalmente de representantes de la burguesía. Los campesinos y las amplias ma­sas urbanas, sin orientación política definida, se habían dejado influir por la burguesía acabando por votar a sus representantes. Los jacobinos revolucionarios, que ocupaban los escaños más elevados del local en que se reunía la Asamblea recibieron el nombre de montagnards (los que están en la montaña), o, sen­cillamente, el apelativo colectivo de la Montaña. Los girondinos, que representaban a la burguesía comerciante e industrial, ocu­paban los escaños de la parte inferior del recinto, junto con los demás diputados burgueses, que formaban las tres cuartas partes de la Asamblea y no pertenecían ni a uno ni a otro partido. Solían sostener siempre al partido más influyente, y así estuvieron primero al lado de los girondinos y posteriormente apoyando a los jacobinos. La indecisión política y las vacilaciones de estos diputados les valieron el sobrenombre común de “la llanura”, o “el pantano” (en francés: la plaine y le marais), aunque el pue­blo los llamaba de buen grado “los sapos del pantano”.

Una vez derrocada la monarquía por la poderosa ola popular que la arrolló, la Convención proclamó la República. El pueblo reclamaba la ejecución de Luís XVI. Los girondinos se convir­tieron entonces en defensores del rey para salvarle. Cuando los campesinos reclamaban la abolición de los privilegios feudales, los girondinos se oponían a tales peticiones con toda su energía. Defendían la propiedad. Por otra parte, muchos de entre ellos poseían numerosas tierras, de las que sacaban sustanciosas rentas a base de impuestos y prestaciones cobrados a los cultivadores. La población de las ciudades, aquejada por la falta de víveres, exigía la detención de los traficantes de abastos, pero los giron­dinos, muchos de los cuales se enriquecían ilegítimamente con la reventa de tales productos a precios astronómicos, declaraban que la persecución de mercaderes e intermediarios constituía un aten­tado contra la propiedad privada.

Las masas populares, secundadas por la burguesía revoluciona­ría jacobina, ganaron esta batalla. En colaboración con la Comuna, obtuvieron los jacobinos que se juzgara y se condenase al rey a la última pena. Fue guillotinado en enero de 1793. Poco después seguía su suerte María Antonieta, principal inductora del complot cortesano.

El devenir de la guerra. Mientras tanto, la situación en el fren­te se había agravado de súbito. Los girondinos veían en la guerra un medio de que la burguesía francesa sometiese nuevos países. Sus generales saqueaban las ciudades y pueblos de las regiones con­quistadas. El ministro girondino Roland reveló las verdaderas in­tenciones de la gran burguesía: “Nos veremos precisados a mandar miles de parisienses a la frontera —decía—. Les daremos fusiles y la orden de llegar tan lejos como sus piernas puedan llevarles, porque si no, volverían y nos cortarían el pescuezo.” Al exhortar a sus tropas a que fuesen a luchar al frente, los girondinos se proponían dejar a París limpio de los elementos más revolucionarios del pueblo.

Los soldados del ejército de la Convención, mandados por gi­rondinos, ya no luchaban con los ánimos de antes, preocupados por la posible traición de sus jefes. Cuando las tropas feudales coaligadas se les enfrentaron en una batalla encarnizada, los fran­ceses se retiraron. En la primavera de 1793, en respuesta a los actos de hostilidad cometidos por Inglaterra, que se apoderaba de los barcos de Fran­cia, ésta le declaró la guerra.

La burguesía inglesa, muy interesada en ahogar el movimiento ascendente de las masas populares francesas, tenía asimismo sumo interés en aniquilar un posible competidor de su industria y de su expansión colonial. Inglaterra se convirtió, pues, en el principal organizador de la guerra contra la Francia revolucionaria. Al pro­porcionar subsidios a sus aliados, Austria, Prusia y otros países feudales, les obligaba a mandar ejércitos contra Francia.

El problema del abasteci­miento en víveres de la capital enfrentó duramente a girondinos y montañeses. El precio de los artículos de primera necesidad subía a diario y hacía cada vez más difícil la vida de las masas traba­jadoras. No obstante, los girondinos habían logrado que se man­tuviese una ley que garantizaba la total libertad en el comercio del trigo. Esta medida encendió el descontento de ¡as masas po­bres de las ciudades. En la primavera de 1793, los partidarios de medidas radicales, que la burguesía había bautizado de “rabiosos” (en francés, les enragés) o “violentos” emprendieron una cam paña enérgica centrada en las secciones de París. “Es imprescin­dible que cada cual tenga alguna cosa y que nadie tenga dema­siadas”, decían los “rabiosos”, cuya cabeza más influyente era Jacobo Roux, un cura pobre.

“La libertad es pura fantasía si una clase puede impunemente hacer perecer de hambre a otra clase”, declaraba él. “¡Vaya!, ¿Es que la propiedad de los sinvergüenzas va a resultar más sagrada que la vida de los hombres?” Los “rabiosos” empezaron a luchar contra los acaparadores y los ricos. Cediendo al empuje de las masas, los jacobinos reclamaron, por su parte, la institución de precios fijos para el pan y otros productos alimenticios de primera importancia. Por fin, en mayo de 1793, la Convención votó la “ley del máximo” para los granos, que prohibía su venta a precio superior al establecido.

El país estaba amenazado por dos lados. Por el exterior, el pe­ligro de los extranjeros; dentro, el de los contrarrevolucionarios. Los girondinos trataron de procesar a Marat, el amigo del pueblo, y lo lograron, pero ante la presión de las masas populares, el tri­bunal se vio obligado a reconocer su falta de culpabilidad. Marat fue llevado triunfalmente desde el palacio de Justicia hasta la Convención por la muchedumbre entusiasmada que le vitoreaba y le echaba flores. Para poner fin a las manifestaciones de la población pobre y a las reivindicaciones de los “rabiosos”, los girondinos determi­naron deshacerse de la Comuna de París y de las secciones revolu­cionarias. A tal efecto, designaron una comisión especial, la Comi­sión de ios Doce. Esta última medida acabó de turbar los ánimos de los suburbios de la capital. En las zonas rurales de la nación, los campesinos se alzaban contra los girondinos, que ponían toda suerte de trabas a la abolición de los privilegios feudales. En esta atmósfera de efervescencia, que había ganado ya a las ciudades y pueblos. París se levantó y asestó un golpe decisivo a los girondinos, representantes de la burguesía mercantil e in­dustrial, y entonces dueños del poder.

La insurrección del 31 de mayo al 2 de junio de 1793. El 31 de mayo de 1793, una vez más, el pueblo en armas se echó a la calle en París. La agitación de las masas armadas duró hasta el 2 de ju­nio. Aquel día, al alba, el propio Marat dio, en el Hotel de Ville, la señal del alzamiento. Alzáronse, pues, los suburbios. Cuarenta mil hombres se presentaron en la Convención. Una vez rodeado el edificio en que ésta estaba reunida por las secciones armadas de la Comuna, la Asamblea tuvo que resignarse a decretar el arresto de los jefes girondinos. El poder pasó a manos de los jacobinos. Estos eran los más resueltos portavoces de las aspira­ciones de la clase revolucionaria de Francia por aquel entonces. En el curso de las jornadas que van del 31 de mayo al 2 de ju­nio de 1793 se estableció en Francia una dictadura revolucionaria democrática, que llevaba al poder a los burgueses revoluciona­rios jacobinos. Éstos, bajo la presión de la población urbana y rural, adoptaron medidas importantísimas que respondían a los intereses populares.

En su lucha contra el régimen feudal y absolutista, los jaco­binos podían contar con el apoyo, y hasta con la inspiración di­recta de las masas populares: capas inferiores de la población de las ciudades y del campesinado. En tiempos de la revolución burguesa, el campesinado constituía en Francia la fuerza de com­bate más numerosa y más fuerte.

Primeras medidas de la dictadura jacobina (1793). Situación política de Francia. En el decurso de la revolución francesa del siglo xvm pueden localizarse dos momentos de má­ximo peligro para el país. El primero, durante el verano de 1792, coincide con la insurrección del 10 de agosto. Sin embargo, des­pués de haber derrocado la monarquía, la Francia revolucionaria pudo reunir fuerzas bastantes para rechazar al enemigo, e in­cluso pasar a la ofensiva. La segunda ocasión ocurrió en la prima­vera de 1793, durante los últimos meses del gobierno desleal de los girondinos. Aquí el peligro fue mayor aún. Los jacobinos los derribaron, y tomaron el mando del país, pero la situación no podía ser más crítica. Francia estaba rodeada de Estados feudales hostiles, a los que se había unido Inglaterra, el país más indus­trializado de Europa.

Los ingleses principiaron su intervención en Francia en el mismo momento en que los jacobinos asumieron las funciones gubernativas. Ayudadas por los girondinos, que solamente espe­raban la oportunidad más propicia para traicionar, las tropas inglesas se apoderaron de Tolón, el puerto de guerra más impor­tante del sur de Francia. La situación interna francesa empeoró aún más cuando es­talló la insurrección contrarrevolucionaria de la Vendée, al oeste del país. El campesinado atrasado y aterrorizado de esta región se dejó convencer por los sacerdotes contrarrevolucionarios y por los señores. Los ingleses, espías y agentes de la subversión, abas­tecían a los insurrectos en dinero y en armas. Apoyada por Inglaterra, la sublevación de la Vendée y de Bretaña cobraba proporciones cada vez mayores. Aquélla era pues­ta a sangre y fuego y su suelo estaba sembrado de cadáveres. Entonces fue cuando Robespierre pronunció las palabras siguien­tes: “Si la revolución sucumbe será por culpa de la Vendée. Para que Francia viva, hay que matar a la Vendée.”

Los girondinos y sus secuaces, que habían huido de París, se unieron a la nobleza monárquica y promovieron toda clase de algaradas contrarrevolucionarias en diversos lugares. Llegó un momento en que, de 83 departamentos, solamente 23 permane­cían fieles a la Convención.

Los espías y agentes de la subversión amenazaban la seguri­dad de los departamentos que apoyaban a la Convención. En el verano de 1793, una enemiga de la revolución que tenía cone­xiones girondinas, penetró, so pretexto de proponerle algún asun­to, en casa de Marat y le asestó una alevosa puñalada, mortal de necesidad. Todo el París revolucionario lloró a Marat, el amigo del pueblo.

Para encontrar una salida a las múl­tiples dificultades que aquejaban al país, los jacobinos instaura­ron un gobierno enérgico revolucionario, que persiguió sin con­templaciones a los enemigos de la revolución. Establecieron una dictadura revolucionaria, un poder fuerte cuya misión fundamen­tal consistía en salvar a la república de las amenazas que se cer­nían sobre ella. “El gobierno revolucionario debe toda la pro­tección nacional a los buenos ciudadanos —decía Robespierre—, pero a los malos ciudadanos no les debe más que la muerte”.

En 1793, los jacobinos redactaron una nueva Constitución en la que se preveía el sufragio universal para los hombres y una sola cámara; medidas que no llegaron a aplicarse. Ellos estable­cieron una dictadura revolucionaria. La máquina de gobierno de la dictadura jacobina, dictadura democrático-burguesa, funcionaba como sigue: primero, en el verano de 1793 se reconocieron los plenos poderes a un gobierno elegido por la Convención, el Comité de Salud Pública, que tenía a su frente a Robespierre, hombre enérgico dotado de férrea voluntad. Tranquilo, con sangre fría, siempre dueño de sí, Robes­pierre dio en las circunstancias más azarosas muestras del más elogiable valor. Sus enemigos le odiaban, pero era popularísimo. “No se ha hecho bastante por la patria, cuando todavía queda algo que hacer para ella”, solía decir Robespierre. Soldó íntima­mente la idea de revolución a la de patria. Con sobrada razón se le denominó “el incorruptible”. Un Comité de Seguridad General, especialmente designado a tal efecto, era el encargado de la lucha contra los enemigos interiores de la revolución. Los comités tenían a su disposición comisarios de la Convención que enviaban en misión a los departamentos y al frente. Ponían en su actividad todo el peso de su convicción y de su ardor revo­lucionarios. Cuando Saint-Just, brazo derecho de Robespierre en el Comi­té de Salud Pública, hombre adornado de una gran inteligencia y de una voluntad inflexible, fue nombrado representante comi­sario del ejército del Rin, abrumó a los ricos con impuestos. En una de sus órdenes del día, exigía:

“Hay en el ejército diez mil hombres descalzos. Hoy mismo, sin demora, habréis de descalzar a todos los aristócratas de Estras­burgo, y mañana, a las diez de la mañana, serán enviados sin falta al cuartel general diez mil pares de zapatos.”

El Comité se apoyaba también en el club de los jacobinos y en sus miles de filiales provinciales, así como en las comunas y secciones revolucionarias de las ciudades. Las dos últimas crea­ban por doquier comités revolucionarios que obraban resuelta­mente y sin dilación. El gobierno jacobino sacaba sus fuerzas del propio pueblo.

La abolición de los privilegios feudales. El 17 de julio de 1793 los jacobinos promulgaron un decreto por el que se abolían todos los privilegios feudales, sin indemnización de ninguna clase. La Convención mandó publicar al mismo tiempo la orden de inci­nerar todas las cartas y cédulas en que estaban registrados los privilegios de los señores sobre sus vasallos. Las tierras comunales de las que se habían apoderado los señores fueron devueltas a los campesinos. Por otra parte, la Convención declaró que se auto­rizaría el reparto de los bienes comunales dividiendo las tierras por partes alícuotas, en caso de que mediase petición en tal sentido por parte del tercio de los cabeza de familia de los pue­blos respectivos. Las tierras confiscadas al clero y a los nobles emigrados fueron vendidas en pequeños lotes para que los cam­pesinos pudieran adquirirlas con facilidad.

En las colonias, la Convención abolió por fin la esclavitud, aunque solamente después de haberse sublevado e independizado los negros esclavos de la colonia francesa de Haití.

Las reivindicaciones de las masas populares. Los “rabiosos”. Una de las tareas esenciales era la persecución sin contemplacio­nes de los enemigos del pueblo. Es decir, de los nobles, de los sacerdotes monárquicos, la burguesía girondina contrarrevolucio­naria, los espías y agentes del extranjero, que pululaban en Fran­cia, así como los traficantes desaprensivos que se enriquecían provocando el hambre y la desesperación.

Llegó el otoño, el terrible otoño de 1793. La población pobre de las ciudades sufría del hambre en alto grado. Los campesinos más acomodados, aprovechándose del decreto convencional, obli­gaban a los pobres a trabajar sus tierras y a recoger sus mieses. La población urbana indigente, así como la de los pueblos, em­pezó a mostrarse descontenta ante las medidas de los jacobinos. Los “rabiosos” secundados por unos cuantos jacobinos de la Comuna de París, exigieron que se intensificara la lucha contra los acapa­radores y los enemigos de toda índole de la revolución. Para dar al traste con las nefastas esperanzas de los enemigos del pueblo, para coartar sus actividades y para intimidarles, proponían que se les opusiera el terror revolucionario, que debía castigar con rapidez y sin piedad. Reclamaban sin cesar medidas definitivas contra los campesinos ricos y hasta contra los intermediarios. Acusaban a la Convención de proteger a los reos del delito de acaparamiento. Los burgueses revolucionarios que militaban en las filas jacobinas empezaron por oponerse a las exigencias de los “ra­biosos” y hasta llegó la Convención al extremo de arrestar a Jacobo Roux. Pero en septiembre de 1793, la población pobre de París se echó a la calle en armas, rodeó el edificio de la Con­vención e impuso la aplicación del régimen de terror contra ricos y nobles. Bajo la presión del pueblo insurrecto, votó la Convención la ley del máximo, que fijaba los precios máximos por encima de los cuales era ilícita la venta de los productos de primera necesidad. La violación de esta ley acarreaba una reacción violenta de la justicia que podía llegar hasta la senten­cia de muerte. Fueron enviados al campo destacamentos armados para requisar el trigo de la nobleza terrateniente y de los campe­sinos adinerados.

Los jacobinos establecieron también, aunque en interés de la burguesía esta vez, un máximo de los salarios, que en ningún caso podía ser rebasado.

Ya en el otoño de 1793, la dictadura jacobina, impulsada por las masas, empezó a utilizar el terror revolucionario. Promulgó la ley de los sospechosos, que comprendía a todos aquellos que, por su conducta, por sus relaciones, sus declaraciones o sus escritos, se habían mostrado contrarios a la libertad. Todo individuo sospe­choso debía ser detenido de inmediato. Los sacerdotes refracta­rios (que se habían negado a jurar la Constitución) fueron asimis­mo declarados sospechosos. Los emigrados que habían regresado secretamente a Francia estaban amenazados de muerte. Los con­trarrevolucionarios que habían participado en las rebeliones fueron fusilados, los jefes girondinos guillotinados. El pueblo ayudó a desenmascarar a contrarrevolucionarios, espías, acaparadores y traidores.

Estas medidas tan severas, aplicadas indistintamente a todos cuantos eran enemigos de la revolución, hicieron posible el final de las sediciones y las victorias en el frente militar. Las masas populares, es decir, los campesinos, la pequeña burguesía y las capas inferiores de las poblaciones urbanas, sostenían a los jaco­binos porque éstos perseguían resueltamente a los enemigos de la revolución y habían abolido los privilegios feudales.

La lucha contra la Iglesia. La revolución burguesa de Francia es la primera revolución histórica en que las masas combatieron animadas directamente por sus reivindicaciones políticas y no bajo algún estandarte religioso.

En su lucha contra la Iglesia católica, que sostenía la con­trarrevolución, la Convención mandó cerrar las iglesias, y esta­bleció la práctica de los bautizos, matrimonios y entierros civiles. En los colegios se abolió la enseñanza religiosa.

La Convención dio a Francia un nuevo calendario. En él se contaban los años según una nueva Era que principiaba el día de la proclamación de la república, es decir, el 22 de septiembre de 1792. Los meses recibieron sus nombres conforme a las estaciones y fenómenos meteorológicos correspondientes. Asi, por ejemplo, uno de los meses de verano era termidor, es decir, el mes del calor. Otro de los meses, correspondientes al otoño, se llamó brumario, el mes de las brumas o nieblas. Los meses de primavera y de verano eran: ven­toso (de los vientos), germinal (en que germinan las plantas), pradial (de las praderas), etc. Cada mes se dividía en décadas (diez días).

EL   IMPULSO   PATRIÓTICO   EN   FRANCIA.   LA   INVASIÓN   EXTRAN­JERA ES REPELIDA.

La dictadura revolucionaria jacobina suprimió resueltamente los gravámenes feudales y liberó a los campesinos del yugo de la nobleza terrateniente. Proporcionó a la gran mayoría campesina la oportunidad de hacerse con tierras y relegó al pasado los pri­vilegios leoninos de los señores. Esta es la razón fundamental por la que los ejércitos franceses combatían con tanto valor, tanta abnegación y tanto éxito, ya que ganaban batalla tras batalla.

Esta guerra revolucionaria tenía un lema: “victoria o muer­te”. Los soldados del ejército revolucionario, en su mayoría cam­pesinos, artesanos y obreros que acababan de romper reciente­mente las cadenas del régimen feudal, dieron muestras de una entrega sin reservas y de un heroísmo sin límites.

Los organizadores de estas victorias eran comisarios y gene­rales oriundos de las clases más bajas de la población. Él joven Hoche fue uno de los generales que se distinguió por su valor. Hijo de un exsoldado, había sido palafrenero cuando adolescente, y había participado en la toma de la Bastilla.

Así, el ejército revolucionario venció a las mejores tropas de los ejércitos austríaco e inglés. A fines de 1793, los ingleses fue­ron echados de Tolón. Los vendeanos sufrieron severas derrotas.

Las tropas jacobinas derrotaron a los austríacos junto al Rin, en Alsacia. Por fin, en junio de 1794, las huestes invasoras fueron expulsadas del suelo nacional francés. La guerra trasladó el teatro de operaciones a territorio enemigo.

La dictadura jacobina encendió en Inglaterra y en otros países el odio de la nobleza y de la burguesía, al tiempo que se ganaba las simpatías del pueblo. En aquel país sobre todo, los obreros y los artesanos manifestaban su volun­tad de apoyar a la Francia revolucionaria.

A principios de 1794, un célebre navegante ruso, Lissianski, escribía desde Londres a su hermano, que se hallaba en San Petersburgo: “Tan descontentos están los ingleses de esta guerra contra Francia, que el rey, al regresar del Par­lamento, en el que había inaugurado personalmente los debates de este año, se vio rodeado de una muchedumbre de 10.000 personas, costándole trabajo esca­par a las piedras que venían a poner a prueba la resistencia de los costados de la carroza de Su Majestad.”

Posteriormente, hubo grandes manifestaciones en Inglaterra. Y a estas ma­nifestaciones urbanas populares hay que añadir sediciones en la flota. Pero no estalló la revolución porque la revolución burguesa del siglo xvn había supri­mido ya los obstáculos que trababan el desarrolo del capitalismo. El campesi­nado había desaparecido prácticamente en Inglaterra. En cuanto a la clase obrera, era todavía demasiado débil, y carecía aún de experiencia política suficiente para estar en condiciones de dirigir por sí misma la lucha.

Cae la dictadura jacobina. Significado de la revolución burguesa en Francia.

Debilitamiento de la dictadura jacobina. La pugna contra los elementos feudales y burgueses de la contrarrevolución, así como la guerra contra el enemigo exterior, habían alcanzado en peso a su favor a todos los aliados del jacobinismo. Pero en cuanto se produjo en Francia la primera evidencia de una modificación favorable de la situación externa, y en cuanto la rebelión interna hubo sido aplastada, el cuerpo de la revolución burguesa de aquel país empezó a verse atenazado por las disensiones internas.

Durante la revolución, la burguesía no puede mantener por mucho tiempo a su lado a los millones de trabajadores y a las masas explotadas, porque ella no hace sino sustituir las cadenas feudales por los grilletes capitalistas.

Esto fue precisamente lo que causó el hundimiento de la dictadura jacobina.

Las capas pobres de la población rural y urbana reclamaban incesantemente la mejora de las condiciones de vida en que se veían sumidas; exigían la libertad, la igualdad y la fraternidad; y mientras se prolongaba la dictadura jacobina, la dominación de los nobles y de los señores fue sustituida por la de la burguesía, por el yugo capitalista.

“Los nuevos amos —decía Chaumette, uno de los hombres más eminentes de la Comuna de París—, ni menos terribles, ni menos ávidos que los anteriores, han nacido de las ruinas del feudalismo. Se han quedado con la propiedad que antes deten­taban sus antiguos dueños y se proponen avanzar por la misma senda criminal.”

En marzo de 1794, algunos jefes de la Comuna, dirigidos por Hébert, y que seguían la línea general de los “rabiosos”, trataron de hacerse con el poder. Pero fracasaron, fueron arrestados y ejecutados. Con este nuevo golpe, asestado a los representantes de las masas populares (tras la condena de los “rabiosos” en el otoño de 1793), los jacobinos minaron su propia autoridad. Las divergen­cias que entonces surgieron entre los burgueses revolucionarios jacobinos y la población pobre fueron aprovechadas por las capas burguesas que, para asegu­rarse ganancias ilimitadas, querían ahogar la revolución, derogar la ley del máximo y las requisas, y suprimir el terror revolucionario. Poco después de ejecutados les hebertistas, fue descubierto un complot de Dantón y los suyos. Dantón, que se había acercado a los “sapos del pantano”, reclamaba también el cese del terror, la supresión de la ley del máximo y la paz con Inglaterra. De este modo actuaba de portavoz de la burguesía adinerada, que aspiraba a aumentar sus haberes, pero sobre todo hacía de representante calificado de los nuevos ricos, quienes, mediante las especulaciones y sus negocios en el abaste­cimiento de enseres para el ejército, habían amasado inmensas fortunas. Como después sería probado, Dantón dilapidó los fondos públicos. Hasta se decía que el gobierno inglés le proporcionaba subsidios. Dantón fue detenido y ulterior­mente ejecutado con sus cómplices principales. Como la ley de 1791 había permanecido en pie, los jacobinos prohibían a los obreros que formasen asociaciones y perseguían a aquellos que se declaraban en huelga.

En el campo, los campesinos pobres seguían en la indigencia más completa. Los jacobinos no les aportaron ningún socorro. Así fue como acabaron por perder el apoyo de las masas pobres de las zonas urbanas y rurales. Privados ya del apoyo popular, Robespierre y los jacobinos se encontraban a merced del primer intento de golpe de Estado contrarrevolucionario fomentado por los representantes de la bur­guesía, enemigos mortales, como hemos dicho, de la ley del má­ximo y de los propios jacobinos. Todo lo cual coincidía con una época de grandes construcciones industriales y de especulación creciente. El golpe de Estado contrarrevolucionario del 9 termidor del segundo año de la República (27 de julio 1794). En termidor de 1794 (mes de julio de nuestro calendario), el complot diri­gido contra Robespierre y sus defensores había madurado ya en el “pantano” burgués y entre las filas mismas de una parte de lo* jacobinos. Estamos a 9 de termidor del año n del nuevo calen­dario republicano, que empezaba en la fecha de proclamación de la República. Es decir, a 27 de julio de 1794.

Al día siguiente, Robespierre, Saint-Just y los suyos, declara­dos fuera de la ley, fueron guillotinados.

El poder pasó a manos de los termidorianos, burgueses con­trarrevolucionarios, que se apresuraron a tomar medidas opresivas contra el pueblo francés. El campesinado no acudió en defensa de los jacobinos. Los campesinos ya habían obtenido la abolición de los privilegios feudales y poseían casi toda la tierra del país.

Una vez asentada en el poder, la burguesía enemiga de la revolución no tuvo que enfrentarse con ninguna oposición por parte de los campesinos, lo que aprovechó para oprimirlos de nuevo.

Alcance de la revolución burguesa del siglo XVIII en Francia.

La Revolución Francesa trajo consigo grandes cambios en la vida social del país. Antes de su advenimiento, el sistema feudal tra­baba en alto grado el desarrollo de la industria, la agricultura y el comercio. Los nobles y los sacerdotes reinaban por el con­ducto del gobierno que ellos habían impuesto: la monarquía ab­soluta. Nobleza y clero eran dos estamentos privilegiados, mien­tras que el pueblo no gozaba de derecho alguno. Los campesinos estaban sometidos a gravosísimas exacciones que iban a parar a manos de los señores y del clero. Tenían que satisfacer tributos abrumadores.

La revolución destruyó el régimen feudal en Francia. Las me­didas más eficaces para que tal sucediese fueron las adoptadas por los jacobinos, a. petición de las masas populares. Lo esencial radica en que liberaron a las masas campesinas del yugo feudal (servidumbres y prestaciones), y que un sinnúmero de campesi­nos compraron tierras. Los jacobinos instituyeron una dictadura revolucionaria. Ahogaron la contrarrevolución sin miramientos y con energía. Al mismo tiempo, defendieron a la patria contra los enemigos del exterior. El mérito de los jacobinos, los revolucionarios burgueses del siglo xvni, consiste en haber combatido el poder feudal con la ayuda del pueblo. Las masas populares desempeñaron un activí­simo papel en la revolución francesa del siglo xvni. Esta revolu­ción se califica de popular porque gracias al pueblo triunfó del feudalismo en contra del que había levantado a las más amplias masas. Los jacobinos realizaron una importantísima tarea histórica. Al quebrantar el sistema feudal, abrieron grandes perspectivas al desarrollo de la industria y de la agricultura, pero al mismo tiem po dejaron expedito el camino al capitalismo y a la dominación burguesa en Francia. Inauguraron el largo período de agonía del feudalismo y del triunfo del capitalismo en los países europeos. En Francia, la burguesía que dirigió la revolución pudo reco­ger después los frutos de su actuación. Los estamentos fueron abolidos; pero la opresión feudal cedió el paso a la opresión ca­pitalista. Mientras los jacobinos lucharon contra los feudales y la gran bur­guesía contrarrevolucionaria, fueron sostenidos por el pueblo. Pero cuando, llegados ya al poder, ahogaron los movimientos originados entre las masas más pobres de las ciudades y los pueblos, perdie­ron el apoyo de esas masas y se vieron desbordados por la bur­guesía contrarrevolucionaria. Como ya dijimos más arriba, la revolución burguesa no puede mantener por mucho tiempo con­centrada alrededor de la burguesía a la gran masa de los traba­jadores y los explotados.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s